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OPINIÓN

El suicidio de Balmaceda

El 19 de septiembre de 1891, tras una cruenta guerra civil, en la legación de Argentina en Chile se suicidó el presidente José Manuel Balmaceda (1886-1891). El dramático suceso –ocurrido hace exactamente 130 años– puso fin a la vida de quien había encabezado el enfrentamiento entre compatriotas, pero a su vez abrió su camino hacia la historia. Balmaceda pasaría a ser una figura crucial en la política chilena después de haber vivido años de divisiones y odios profundos. Ese fue el final de un gobierno realizador, que culminaba a su vez con miles de muertos producto del conflicto fratricida.

La guerra y la derrota

En 1891 Chile sufrió uno de los quiebres políticos más dramáticos de su historia, con graves consecuencias humanas, económicas y políticas: una guerra civil.

Distintos problemas condujeron al enfrentamiento en los campos de batalla, entre los que destacó como telón de fondo la lucha por el poder. El enfrentamiento entre el presidente José Manuel Balmaceda y la mayoría opositora del Congreso Nacional se hizo cada vez más intenso, profundo y difícil de solucionar. A las dificultades políticas y constitucionales se sumaban grados crecientes de odio político, manifestados a través de la prensa y por otros medios; por otra parte, Balmaceda convocó a miembros del Ejército a sus gabinetes, precipitando la politización de los militares, a lo que después se sumaría la militarización de la política. La tradicional moderación que parecía distinguir al país, y el mito del excepcionalismo, vivían una prueba de fuego.

A comienzos de 1891 la mayoría opositora del Congreso Nacional se levantó contra el gobierno, con el respaldo de un sector importante de la Marina, bajo el liderazgo del capitán de navío Jorge Montt. El Ejército, en forma mayoritaria, permaneció leal al presidente Balmaceda, aunque con el paso de los días y de los meses se podría observar una división en la institución, con deliberaciones tardías, deserciones y un engrosamiento de las fuerzas opositoras. La división que se apreciaba entre los uniformados se percibía también en la sociedad y en el mundo político, y durante más de ocho meses Chile viviría bajo el rigor del enfrentamiento militar y un régimen de excepción.

El país cambió radicalmente. Desde luego porque comenzaron a operar dos gobiernos paralelamente: uno seguía gobernando desde La Moneda, bajo el liderazgo de José Manuel Balmaceda, en tanto el otro funcionó en Iquique, en una Junta de Gobierno que presidía Jorge Montt, y que integraban también los líderes del Congreso. Adicionalmente se formaron dos ejércitos: el balmacedista tenía como figuras principales a los generales José Velásquez, José Francisco Gana, Orozimbo Barbosa y José Miguel Alzérreca; el “constitucional” era encabezado por el coronel Estanislao del Canto y el reformador prusiano Emil Körner.

Por otra parte, la organización política republicana sufrió una grave transformación. Comenzó el gobierno de la dictadura, que permitió a Balmaceda asumir “todo el poder público” necesario, en un contexto en el que no habría Congreso Nacional, se intervino el Poder Judicial y otras instituciones estatales. Adicionalmente fueron clausurados los clubes sociales y los periódicos opositores –si bien de inmediato comenzó a funcionar la prensa clandestina–, se restringieron las libertades públicas y el ambiente general del país experimentó un cambio notable.

Durante el enfrentamiento, Balmaceda convocó a un Congreso constituyente, destinado a elaborar una nueva carta fundamental, que permitiera evitar hacia el futuro que se produjeran conflictos entre los poderes públicos. Era una muestra de la confianza chilena en los textos escritos, en un momento en que la cultura política había mostrado su incapacidad de resolver los problemas. En abril comenzó a funcionar el organismo, con participación de amigos y parientes de Balmaceda, así como de algunos militares afines. Si bien la Constitución de 1891 alcanzó a ser elaborada, después de unos meses de discusión, no pudo ponerse en práctica por la derrota presidencial en la guerra civil.

Hemos narrado algunos aspectos importantes del conflicto en La guerra civil de 1891 (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2 tomos). Llama la atención cómo se fue descomponiendo la vida política y la incapacidad de los actores más relevantes para encontrar puntos de acuerdo, mientras el país avanzaba hacia el quiebre definitivo a fines de 1890 y comienzos de 1891. Especial relevancia cobró el odio contra el presidente José Manuel Balmaceda, aclamado por años en Santiago y en las provincias, y luego execrado por sus antiguos amigos y también por sus adversarios de la primera hora. Esa dinámica de odio político se mantuvo y acrecentó durante la guerra civil, con penosas consecuencias para Chile y para las víctimas del conflicto.

El final de la guerra alcanzó notas de gran crueldad y numerosas muertes. En las batallas de Concón y Placilla –del 21 y 28 de agosto respectivamente– murieron más personas que en Chorrillos y Miraflores, durante la Guerra del Pacífico. En los días previos a los combates finales fue sorprendida una montonera opositora, que fue juzgada con rapidez y dureza: decenas de jóvenes y campesinos fueron ejecutados y luego sus cuerpos fueron quemados. Sin duda ese recuerdo estuvo presente tras la batalla de Placilla, cuando después de la derrota fueron ajusticiados los generales Orozimbo Barbosa y José Miguel Alzerreca, cuyos cuerpos desnudos fueron dejados a la intemperie.

Después de ocho meses, Balmaceda fue derrotado por las armas, aunque antes había sido vencido también en la opinión pública. La hora de los aplausos había terminado, comenzaba ahora el momento de la soledad.

Asilo en la legación de Argentina en Chile

Tras la derrota en Placilla, Balmaceda depuso el mando, y se lo entregó al general Manuel Baquedano. “Necesitamos un militar… No respetarían a un civil”, había sido la reflexión del Presidente, advirtiendo sobre lo que podría ocurrir en caso de que no hubiera autoridad en la capital (en Emilio Rodríguez Mendoza, Como si fuera ayer!…, Santiago, Editorial Casa Minerva, 1919). Paralelamente, decidió asilarse en la legación de Argentina en Chile.

Balmaceda alcanzó a estar casi tres semanas en la residencia, donde fue acogido por el representante José Uriburu, Decano del Cuerpo Diplomático. En su residencia tuvo una habitación en el segundo piso y recibió una muy buena atención en medio de su situación adversa. Por esos mismos días, las fuerzas constitucionales regresaban victoriosas a la capital, comenzaban a reabrirse los periódicos favorables al Congreso y un ambiente de celebración reinaba entre quienes habían sostenido la “lucha contra la dictadura”. Por el contrario, los balmacedistas comenzaban a sufrir los rigores de la derrota, de las persecuciones y de las venganzas.

Como se puede suponer, durante esas semanas Balmaceda tuvo mucho tiempo para analizar la guerra civil y para reflexionar sobre su derrota. Asimismo, pudo recibir las noticias de la prensa, que mostraban el ánimo triunfal de los vencedores y el comienzo de las persecuciones contra los vencidos, en lo cual destacaba especialmente el saqueo a las propiedades de los balmacedistas, el 29 de agosto. Además escribió numerosas cartas, en que fijaba  su posición ante la historia y algunas reflexiones importantes sobre la guerra civil.

En su Testamento Político –el documento histórico más importante que escribió Balmaceda durante sus últimos días–, el expresidente manifestó con claridad que sus amigos estaban presos o arrestados en sus casas, otros se encontraban ocultos, y que todos serían juzgados “por sus enemigos de la Junta de Gobierno y por sus enemigos del Poder Judicial”. A ello se sumaba la denuncia sobre el “injustificado y doloroso es el proceso universal abierto a los jefes y oficiales que han servido al Gobierno constituido”, la destrucción de las imprentas de los balmacedistas e incluso algunos asesinatos después de concluidas las batallas.

En esas semanas, Balmaceda también pensó cómo organizaría su futuro. Decidió escribir una serie de cartas a sus familiares y amigos, algunas de ellas con un claro contenido político. Entre ellas se puede destacar una carta a su mujer, Emilia Toro, a quien solicitó educar cristianamente a sus hijos, pidiendo que no hablaran mal de nadie y olvidaran los agravios sufridos. Uno de sus textos decisivos estuvo dirigido a Julio Bañados Espinosa, su ministro y amigo, a quien encomendó una tarea clave: “Escriba de la administración que juntos hemos hecho la historia verdadera… No la demore ni la precipite. Hágala bien”. Bañados cumpliría el encargo con encomiable fidelidad, en una preocupación que el gobernante consideraba fundamental. De hecho, alcanzó a anunciar a sus hermanos: “Después vendrá la justicia histórica”. A Emilia Toro, su mujer, le señaló que facilitara libros y recursos a Bañados para la realización de la tarea: “Que cuide del honor histórico de lo que juntos hemos hecho”, resumía sobre la imprescindible tarea encargada a su fiel ministro.

Como señalamos, el documento más relevante, por su importancia histórica y calidad literaria, es conocido como el Testamento Político, escrito en forma de carta a sus amigos Claudio Vicuña y al propio Julio Bañados. Ahí explicó su entrega del mando a Baquedano, la decisión de su asilo y las razones por las que no continuaba la guerra. Criticó el gobierno “de hecho” organizado por los revolucionarios triunfantes y analizó la dura situación en que habían quedado sus partidarios, así como explicó algunos de los dramas del conflicto, como la situación de las “montoneras”. También hizo una crítica a los vencedores y señaló lo que se convertiría en “la profecía” sobre ese sistema político: “el régimen parlamentario ha triunfado en los campos de batalla, pero esta victoria no prevalecerá”.

En ese documento expresó las alternativas que había considerado en sus últimas semanas. La primera era entregarse a los vencedores, para ser juzgado según la Constitución y las leyes. Sin embargo, logró percibir que sería entregado “al juicio ordinario de los jueces de la revolución” y que no se le respetaría: “Mi sometimiento al Gobierno de la Revolución en estas condiciones, sería un acto de insanidad política”, y no estaba dispuesto a “implorar favor, ni siquiera benevolencia de hombres a quienes desestimo por sus ambiciones y falta de civismo”. En otro plano, manifestó una segunda posibilidad: “podría evadirme saliendo de Chile, pero este camino no se aviene a la dignidad de mis antecedentes ni a la altivez de chileno y de caballero”. Finalmente, no saldría al extranjero.

Balmaceda había tomado una decisión fatal.

Un “sacrificio” para la historia

En carta a José Uriburu, su anfitrión –fechada el 19 de septiembre, como la mayoría de sus últimos mensajes– José Manuel Balmaceda comenzaba expresando: “No debo prolongar por más tiempo el generoso asilo que me ha prestado en momentos que recomiendo a los míos como aquellos en que he recibido el mayor. La exacerbación de mis enemigos es capaz, si se descubre mi residencia, de extremidades que evitaré aún con el mayor sacrificio que puede hacer un hombre de ánimo entero”. El sacrificio no era otra cosa que el suicidio, quitarse la vida, la decisión final de quien pocas semanas antes fuera el Presidente de la República.

La fecha tenía un gran simbolismo. Balmaceda había llegado a La Moneda el 18 de septiembre de 1886 y en esa misma fecha concluía su gobierno de cinco años. Así buscó reforzarlo en algunos de sus mensajes: “Hoy ha expirado el mandato constitucional que recibí de mis conciudadanos en 1886” (a Emilia Toro); “Junto con la expiración constitucional del mando que recibí en 1886, he debido contemplar la situación que me rodea” (a sus hermanos); “Hoy termina mi período legal” (a Julio Bañados); “El 28 de agosto depuse de hecho el mando en el General Baquedano; y de derecho termino hoy el mandato que recibí de mis conciudadanos en 1886” (en su Testamento Político).

Como señalamos, en sus distintas cartas había reiterado que “la evasión vulgar” era indigna de un hombre que había regido los destinos de Chile, y que no podía entregarse, porque “se ha implantado la arbitrariedad en forma que he perdido toda esperanza de que se obrase con justicia”. De esta manera, quedaban solo dos opciones: “Visto el espíritu y tendencia de la Revolución hecha Gobierno, no queda más camino que prolongar el asilo, lo cual no debo ni puedo hacer, o el sacrificio. Ojalá esto alivie a mis amigos de las persecuciones que se les hace creyendo así abatirme y ofenderme más vivamente a mí” (carta a José de Uriburu). El suicidio fue el camino escogido por el malogrado gobernante.

A sus hermanos José María, Elías, Rafael y Daniel Balmaceda expresó la misma idea, precisando que al no poder prestar ningún servicio a sus amigos y correligionarios en medio del “desquiciamiento general” existente en el país, “sólo puedo ofrecerles el sacrificio de mi persona, que será lo único que atenúe las desgracias de los que sufren por mí, y que evite a mi familia que su nombre sea arrastrado, sin defensa ni amparo, por la vía-crucis que preparan mis enemigos”. A continuación agregaba: “Piensen que yo, que he ilustrado nuestro nombre, no puedo dejarlo arrastrar y envilecer por la canalla que nos persigue. Hay momentos en que el sacrificio es lo único que queda al honor del caballero. Lo arrostro con ánimo sereno”.

¿Por qué se suicidó Balmaceda? La respuesta aparece en sus propias cartas. Estimaba –como le expresó a Julio Bañados Espinosa– que con su sacrificio “los amigos encontrarán en poco tiempo el camino de reparar los quebrantos sufridos”. Aprovechó de reflexionar de manera más profunda: “Siempre se necesita en las grandes crisis o dramas un protagonista o una gran víctima. Esta es la ley de las horas de borrasca”.

Balmaceda agregó otro argumento en carta a Emilia Toro: “quiero ofrecerles lo único que puedo ya darles, y que los librará en parte de las persecuciones de que son víctimas: el sacrificio de mi persona… Necesito ahora ofrecerles a Uds. el sacrificio de mi persona porque así no podrán arrebatarles la fortuna que nos resta y de que Uds. tanto necesitan”. La explicación era de carácter legal: si estaba muerto, no se podían deducir acciones contra sus bienes, “que tanto codician [mis enemigos] para dejar a mis hijos inocentes en la miseria”.

La noche del 18 de septiembre, las últimas palabras del expresidente habrían sido: “Felicidad ahora y para siempre”, según afirma Bañados Espinosa. Finalmente, temprano al día siguiente –a eso de las 8 de la mañana– Balmaceda se tendió en su cama y se disparó con un revólver, poniendo fin a su dramática existencia. Tenía 51 años. Podríamos decir que fue el último muerto de la guerra civil de 1891, cuyo suicidio debieron constatar un grupo de personas que hizo llamar Uriburu: “a las 12 m. deberían reunirse en mi casa los Señores Ministros Plenipotenciarios de Alemania, Uruguay y Brasil, un Señor ministro de la Corte Suprema de Justicia, el señor intendente de la provincia, el señor rector de la universidad, decano accidental de la facultad de medicina, un deudo de la familia y los dos caballeros que me acompañaban [Melchor Concha y Toro y Carlos Walker Martínez]” (documento reproducido en Julio Bañados Espinosa, Balmaceda, su gobierno y la revolución de 1891, París, Garnier Hermanos, 1894, 2 tomos).

Al día siguiente, las reacciones de la prensa serían muy violentas y vengativas. “Desgraciado, más le valiera no haber nacido”, expresó el periódico El Chileno (22 de septiembre) agregando que Balmaceda “terminó con muerte criminal una vida criminal”. La Época (21 de septiembre) aseguró que su decisión merecería “solo el desprecio”, en tanto La Libertad Electoral (21 de septiembre) editorializó que “la paz y la indulgencia son imposibles para los hombres que merecieron por sus acciones la condenación unánime de sus contemporáneos y que merecen también la condenación inexorable de la posteridad”.

John Gordon Kennedy, el representante británico en Chile, resumió la situación de la siguiente manera: “El sentimiento que predomina a raíz de la sensacional muerte del Presidente es de alivio: el sentir general es que el mismo Balmaceda ha anticipado el veredicto de los tribunales… El Gobierno había tomado todas las medidas posibles para efectuar su captura, de manera que cuando se supo inicialmente que el principal actor en el drama de los últimos ocho meses se había pegado un tiro en el centro de Santiago, los habitantes de la capital tuvieron dificultades para expresar una opinión”. Kennedy agregó dos elementos de notable interés: primero, que algunos, “especialmente los soldados del Congreso, sintieron enojo porque la presa se les había escapado de las manos”; segundo, “que nadie aparentemente expresó compasión o pesar por la muerte de un hombre que por más de veinte años había sido un político distinguido en Chile” (J. G. Kennedy a Salisbury, Santiago, 21 de septiembre de 1891, FO 16/266, Nº 97, Archivo del Foreign Office, Kew, Londres).

Muchos se equivocaron en su forma de advertir la futura imagen de Balmaceda. Una vez más, Bañados Espinosa se encargó de profetizar lo que sería el Balmaceda “ante la historia”, según escribió en un temprano artículo publicado en Perú, tras conocer la muerte de su admirado líder: “Allí está esperando en los umbrales de la muerte, el fallo de otro Tribunal que convertirá las calumnias en laureles, las persecuciones en apoteosis, su sacrificio en diadema de gloria inmortal y sus cenizas en estatua que atestigüe eternamente a las generaciones futuras que no en balde se ama a la patria y se le sirve hasta darle en holocausto la vida” (Julio Bañados Espinosa, “Don José Manuel Balmaceda (In Memoriam)”, en El Comercio, Lima, 23 de septiembre de 1891).

Lo resumió de manera literaria Rubén Darío, quien vivió por aquellos años en Chile y conoció al mandatario: Balmaceda “había nacido para príncipe y para actor. Fue el rey de un instante, de su patria; y concluyó como un héroe de Shakespeare” (en Vida de Rubén Darío escrita por el mismo, España, Biblok, 2015). La guerra civil había sido adversa: con el “sacrificio”, recién había comenzado la batalla por la historia.